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Manuel Ruiz “Blumen” y su arte popular (y 2) - No 80

publicado a la‎(s)‎ 8/5/2013 6:36 por Carlos E. López   [ actualizado el 8/5/2013 9:51 ]

Jesús Peláez Alvarez (1917-2008)

El disolvente que borra las barreras humanas de lo físico y psíquico; de este terrible mal se muere Blumen.

Hoy, postrado totalmente, arrastrado por el oleaje de un mar que no amainará jamás, que lo llevará siempre adentro, lejos, muy lejos, quien sabe a qué desconocida playa, Blumen tiende sus manos vacías, vacías de todo bien terrenal; de toda fortuna; tiende las manos en un gesto simbólico de súplica, que no de pordiosero, pues siempre vivió con dignidad.

Quiere una dádiva, una pequeña dádiva honrosa que le permita comprar la droga que nitigue un poco la dolencia que lo mata.

Muchas obras de su factura se han impreso, les han quitado a las mismas hasta el nombre del autor, porque la piratería de algunos editores no  les permite el pago de  regalías, esa limosna que se da al artista cuando indaga sobre unos derechos que están en letra muerta.

Hay otras de sus obras que están firmadas por hombres que ni siquiera existieron; eso, con el ya comentado fin de eludir el pago de unos miserables derechos de producción.

Es ridículo y pecador que n plena ciudad se consuma un artista sin que nosotros tendamos las manos para auxiliarlo en la hora amarga de su infinito dolor y pena.

Hay pueblos de probado ateísmo, que parecen más identificados con la bondad humana que nosotros; los hijos de una región totalmente inspirada en la caridad y el amor al prójimo.

Esos pueblos, materialistas sin Dios, tienen seguro de vejez y de enfermedad, también un lecho limpio y asistencia para el trance póstumo.


Hay que recordarlo siempre a nuestro querido Barba, al más grande de todos los poetas de habla hispana; también en el más completo abandono, luego de haber dejado la patria que tantas veces lo hirió con epítetos indescriptibles por la calidad misma de la injuria.

Cuando ya nuestro gobierno, víctima de la crítica de todos, pensó en repartir aquellos queridos despojos, para lo cual nombró una comisión, una ama a quie dolía esa hipócrita actitud, se opuso formalmente prometiendo pagar en oro el puñado de tierra colombiana que hacía de envoltura humana el alma genial de ese grande poeta.

“Yo os pago si así lo queréis el puñado de tierra colombiana que llevó en su carne y en sus huesos el hombre que tantas veces lograsteis herir con vuestra saña y desprecio”.

Así pedía la dama de la anécdota que fuera tasada la corporeidad de Barba Jacob, para ella pagarla en monedas acuñadas en la patria que tanto hiciera sufrir al incomparable bardo.

Ahí no paran las cosas. Meses después, el gobierno de Méjico advertía al de Colombia el estado de franca penuria en que se encontraba en esa tierra el poeta Leopoldo de la Rosa, quien para esa época estaba durmiendo en las bancas de un cuartel de policía.

Sentado en una vieja silla, con la mirada perdida en el ifinito vacío, está Manuel Ruiz Blumen altísimo compositor de aires terrígenos, a cuya inspiración debe Antioquia un abundante y delicadísimo venero de su página folclórica.

Hoy la postración, el desamparo, un pesado ambiente de soledad y el infinito dolor de un incurable mal que no perdona, hacen que un hombre que vivió en el rico ambiente de una elegante bohemia, llore a solas, con lágrimas incontenibles la tragedia de haber sobrevivido a su propio arte. (FIN)